Impelida y arruinada ya por lo menos tenías la espalda cuando decís que pasó el hecho de habernos conocido y, más tarde antes del deterioro decís vos, mientras los dos por no tener nada con qué entretenerse digamos, nos dimos como en una danza que a veces también vos sabías ejecutar del modo que más te complacía y convenía a vos mismo con el mismo momento de, como después vino, desparramar la mayor cantidad de dispersiones invisiblemente visibles digamos, mientras uno o el otro achicaba los espacios ajenos. Todo al mismo tiempo, y bajo los formatos casi usuales de los noviazgos que, yo no se de qué te reís, tan fresca no parecés dejame decirte, y como mañana calmado serás una prorrupción eficaz acá pero inútil allá, como una disputa en el día de tus días, o en un día culaquiera llegado el caso, como la oferta poco aprovechada de trabajar con los desechos, como no sabemos ni vos ni yo si realmente el técnico de la heladera nos cobró bien, o lo hizo a propósito, quizás, ya sabemos por qué. Sobre todo vos. Vetas tuyas cada vez que cruzo el puente.

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