domingo, 3 de abril de 2011


Un lento culeo de albañiles desnudos vio Joaquín Milrosas. Petisos los dos, chaqueños o del conurbano, cabezones y hombrudos, borrachos desde la mañana, los albañiles se daban uno con el otro pero tan lentamente que Joaquín pensó que el culeo estaba ralentado por la arbitrariedad de los sucesos de este tipo de circunstancias, donde siempre pasa cualquier cosa, donde a algunos les importa más que a otros los avatares de los géneros, donde para otros este tipo de materialidad puede ser interpretada y clasificada, donde los olores no reemplazan las ganas, donde nadie establece singularidades, donde lo inevitable podría ser un bizcocho. Pero como idos y reales culeaban los albañiles pero lento lo hacían, muy lento. Joaquín Milrosas podía ver cómo la pija de uno tardaba minutos para entrar y otros más para salir. Salía poco en realidad esa pija. Como con la intención de salir más bien se quedaba esa pija adentro y apenas se movía. Era la lentitud la que la dejaba ahí, o algún tipo de comodidad encontraba esa pija albergada lenta y paciente al culear dentro del otro albañil, que se hacía la paja para abajo, como haciendo fuerza al compás lento del otro. Parecía que se acariciaba la pija el albañil culeado, pero se hacía la paja en realidad. Lento, todo muy lento era eso. No escuchó quejidos y el sudor podía ver Joaquín cómo se movía rápido por esos cuerpos anchos y armados por el esfuerzo del oficio. Y el viento también no era lento y dispersaba cal y polvo mientras los albañiles iban despacio culeándose sin ruido y raspándose con ansia bruta, pero lenta. Joaquín Milrosas como que luchaba por no dejarse arrastrar por la digamos irrealidad simple de un culeo de albañiles, y miraba más desconcertado que excitado. Se hacía preguntas el muy estúpido y trataba de comprender algo de todo aquello en lugar de, al menos ahí, darse una oportunidad y no ser el prisionero de sí mismo que siempre fue y que aún sigue siendo. Despertó con algo parecido a la sensación de que la vida de uno no puede compararse con la vida de otro. “Fue una certeza más bien”, le dijo su psicóloga. Joaquín Milrosas dijo sí con la cabeza.

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