El tufo daba la impresión de encierro, la humedad era escasa, tímidas pinturas primitivas se dibujaban solas con el humo del cigarrillo. El aire estaba como entorpecido por su propia respiración. Como que entorpecido por él mismo permanecía allí, sin embargo inútil y sin embargo como escapado de un robo estaba, como ileso por mérito propio pero inerte, como gesto de funcionario público. No tuvo más remedio que dejarlo ir. Del otro se habla acá. El otro era cómico, jovial que se le dice, torpe, gay hasta el hartazgo, petiso y culón, fumador impulsivo de marihuana, de tabaco, de salvia. No conocía la palabra ingratitud y lloraba cuando tenía ganas, había aprendido a manejar eso. Eso corresponde a su gracia y en él (que es el otro) esa gracia lo corrompía todo, los muebles, el espíritu, las ganas, corrompía la furia el gay y lo oficial ya no sonaba bélico, sabía coordinar la misericordia con el incordio de simular ser otro, digamos, cuando el otro (que era él) estaba frente a él, que era el otro cuando él, sin ganas de ser arrastrado, con el corazón ciego digamos, no tuvo más remedio que dejarlo ir. Las ganas son un problema.
