Cuando se dio cuenta, ya la tenía adentro. Se llamaba Adrián y muy adentro la sentía. Y eso que esa verga había sido encontrada hacía diez minutos nomás, pero entonces ahí hacía fuerza la verga para entrar con esa cabeza como hongo rosa que encajaba, cómo podía, en el culo un poco mal dilatado de Adrián, que pensó (siempre se le aparecían pensamientos durante el culeo), entonces, cuán poco había chupado, con lo que le gustaba chupar, ese pedazo de carne erguida en la parte de atrás del estacionamiento y al encargado nocturno de éste, el morocho del norte con la cara cuadrada como su espalada, las manos venosas, la risa para adentro y una verga más gruesa que larga con un capote rosa que provocó la inmediata posición de rodillas al suelo de Adrián, que comenzó muy fuerte, como le gustaba, a tragarse de un sólo envión la pija parada y hacerla raspar en y con la garganta y sacarla de su boca con la lentitud propia de un entomólogo, como buscando los subterráneos gustos de verga de una misma verga. Y tanto profundizó que no se dio cuenta cómo, de un envión, el morocho lo dio vuelta, le bajó los pantalones y le clavó en seco el pedazo, mientras Adrián, aún, gozaba en su cabeza con siete (u ocho) pijas en su boca.

1 comentarios:
el multiplica las vergas con solo sentir unaa eh
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